Cómo conseguí que mi hijo amara la lectura

Cómo conseguí que mi hijo amara la lectura

Fui una lectora obsesiva desde muy pequeña. Este amor por los libros dictó mis estudios universitarios y mi carrera profesional. Cuando me convertí en madre, supe desde el primer día que haría lo que fuera para que mi hijo amara la lectura. En mi opinión, una persona que lee mucho y lo disfruta, puede aprender (casi) cualquier cosa.

Como vengo de una familia de lectores voraces que jamás necesitaron que los empujaran a leer, pensé que ingresar a mi hijo en la Orden de los Ratones de Biblioteca sería facilísimo. Pero me equivoqué.

Mi marido y yo hicimos todo lo que se nos ocurrió para conseguirlo. Empezamos a leerle cuentos antes de acostarlo cuando tenía solo seis meses. Jamás nos saltamos una noche. Muy pronto un cuento se convirtió en dos y luego en tres. Con el tiempo me adjudiqué esta tarea porque me encantaba la burbuja de intimidad y el laberinto de palabras en que nos refugiábamos noche tras noche. Nos acostábamos juntos en su cama y le leía cuentos actuando con dramatismo el papel de cada personaje y cambiando la voz. Ver cómo relucían sus ojillos de la emoción me entusiasmaba. Cuando podía, le leía también durante el día.

El problema empezó cuando entró a la escuela y tuvo que empezar a leer por sí solo. Le costó mucho aprender el abecedario y más aún empezar a leer. Tanto es así que en verano le tuve que poner una tutora para que no se atrasara. Avanzó bastante, pero aún le costaba leer más que a otros niños de su edad.

Tras uno o dos años adquirió más soltura. Aun así, se negó en redondo a leer solo. Le seguía encantado que le leyera sus libros favoritos, pero si le dejaba a solas con un cuento, lo soltaba como si le quemara las manos.

Finalmente se me ocurrió una estrategia que funcionó. Había intentado leerle Harry Potter cuando tenía 7 años, pero no le gustó. Cuando cumplió 9, pensé que estaría listo y volví a probar. Le encantó.

Cada noche se lo leía durante un rato muy largo, alrededor de media hora. Cuando llegaba al punto más interesante e intrigante de un capítulo, dejaba de leer. Él se quejaba: “¡Mamá, por favor, no me dejes colgando!” “Estoy cansada. Llevo media hora leyendo,” respondía yo. “Si quieres seguir leyendo tú solo, está bien, pero yo ya estoy ronca y además tengo que cocinar la cena.”

Como sabía que era cierto que llevaba mucho rato leyéndole, no podía decir nada. Tomaba el libro a regañadientes, como si estuviera envenenado. Como no podía soportar el suspense, tenía que leer. Al principio, solo pasaba unos minutos, pero a los pocos días, entusiasmado con la historia ya no esperaba siquiera que yo le leyera. Nada más llegar de la escuela cogía el libro.

Los siguientes años se empezó a tragar novelas de 500 páginas en dos o tres días. Cada semana teníamos que ir a la biblioteca a buscar refuerzos. No daba abasto para satisfacer su sed de historias.

Misión cumplida… ¿o no?

Hace un par de años, mi hijo se obsesionó con los video juegos y con las series de Netflix. Ya no hay quien lo haga leer, excepto si es tarea escolar. Al menos, había desarrollado ya un gran sentido crítico por los panzones de leer que se dio. Pero ahora necesito una nueva estrategia para conseguir que mi hijo de 15 años vuelva a leer. Si tienes un consejo, ¡añádelo en los comentarios!

(Y hablando de lectura, estoy disfrutando mucho las memorias de Gabriel García Márquez, Vivir para Contarla. Pronto publicaré en este mismo blog un comentario. ¡Sígueme en Facebook o apúntate a mi boletín para no perdértelo!)

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