La verdad y la mentira en la escritura

El día que supe que los escritores eran unos mentirosos

“Tienes que enseñarle esta historia a tu padre”, me dijo la señorita Ana María. “Le encantará”.

Me devolvió la página con mi redacción de esa semana. En la parte superior había un 10 escrito en color rojo y subrayado tres veces.

La profesora nos había pedido que escribiéramos sobre nuestros papás. Yo describí al mío volviendo a casa después de un viaje de negocios. Lo había echado tanto de menos… Le traje sus zapatillas y después de cenar nos sentamos todos alrededor de la chimenea para escuchar sus aventuras. Yo me senté a sus pies y apoyé mi cabeza en su regazo. Mientras hablaba, Papá me acariciaba el pelo.

Pero mi padre jamás se iba de viaje de negocios. Yo nunca le traía sus zapatillas. Jamás nos sentábamos frente a la chimenea para hablar.

Papá era un hombre reservado, que no decía gran cosa excepto durante las comidas, e incluso entonces más que nada escuchaba, mientras mis nueve hermanos y yo hablábamos sin parar. Nunca nos abrazaba o acariciaba. No expresaba su cariño abiertamente.

¿Cómo iba a enseñarle esa historia?

Le había mostrado a mi madre mis anteriores redacciones sin problemas: un día en la vida de una familia Cromagnon; las aventuras de un trozo de pan a medida que descendía por el sistema digestivo; un vuelo a la luna.

Eran historias fantásticas y la fantasía no era una mentira. Era un mundo paralelo. En este universo inventado estaba permitido contar historias que salían pura y simplemente de tu imaginación.

Pero si mis padres leían esta última se darían cuenta de inmediato que yo era una mentirosa y que estaba contando falsedades sobre nuestra familia. Quizás es que todos los escritores eran unos mentirosos…

Hoy pienso que, si la hubieran leído, mis padres no le hubieran dado mucha importancia. O, por el contrario, quizás se hubieran dado cuenta de cuánto echaba de menos la tierna conexión que la niña de la historia compartía con su imaginario papá. Claro que eso no hubiera cambiado al verdadero ni un ápice. Como máximo, Papá hubiera dicho, “Vaya, vaya…”, y me hubiera rozado la mejilla con un dedo, antes de desaparecer nuevamente bajo las enormes hojas de La Vanguardia.

En una familia donde los alardes de emoción y los puntos de vista contrarios a menudo se topaban con asombro, enfado o desprecio, me pareció demasiado peligroso revelar los sueños que llevaba dentro de mí.

No les enseñé la historia.

García Márquez y la verdad en la ficción

Desde entonces, cuando tenía 12 años, he pensado mucho en el concepto de la verdad y la mentira en la escritura. Ahora, como escribo memorias, me importa más el impacto que puede tener decir la verdad, que el miedo a la reacción de mis lectores si la distorsiono.

Gabriel García Márquez dijo una vez que, si bien la literatura es una realidad virtual, al contrario que el periodismo, que debe anclarse en los hechos, ambos comparten el mismo imperativo: deben ser verosímiles.

La raíz latina de  la primera parte de este adjetivo —vero— es la misma que la raíz de “verdad”: verus. La segunda parte, “símil”, proviene de similitud, que significa “cualidad de similar”. Así que la ficción debe ser “similar a la verdad”.

Incluso nuestras piezas más imaginativas se basan en nuestra realidad personal, porque ésta ha formado las obsesiones y puntos de vista que moldean nuestra escritura. Cuando podemos traducir nuestro magma oculto en una historia creíble e impactante, tanto si es ciencia ficción como si es naturalista, logramos hacer lo que afirmaba Albert Camus:

“La ficción es la mentira a través de la cual contamos la verdad”.

A los 12 años, era demasiado joven para darme cuenta de que la feliz familia de Cromagnon de otra de mis historias expresaba la misma angustia oculta que el papá comunicativo y cariñoso de esta última.

García Márquez y la verdad en las memorias

García Márquez escribe la siguiente frase como prefacio a sus maravillosas memorias Vivir para contarla:

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

La realidad es subjetiva. Para nosotros, los escritores de memorias, la vida no solo se tamiza por el colador de nuestra percepción individual, sino también a través de la muy porosa red de nuestra memoria. Más cosas quedan esparcidas en el océano del olvido que atrapadas en ella. Lo que se retiene es diferente para cada persona que lo recuerda, porque todos tenemos nuestra propia vivencia de la realidad.

En las memorias nos esforzamos por moldear hechos vividos subjetivamente para contar una historia honesta y verosímil, que nos refleje, pero que también ayude a los lectores a reconocerse a sí mismos.

En cuanto a mí, hoy en día la verdad se ha convertido en mi Norte. Tanto en ficción como en memorias, el urgente deseo de sacar lo que enterré dentro de mí durante tanto tiempo, me ha ayudado a derrumbar el muro de miedo que antes me cercaba.

Foto de Emma Simpson via Unsplash

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