Isidra Mencos VidaNow.Net Memoirist Editor Educator Speaker

Líder a mi pesar — Dos consejos que me ayudaron a aceptar el liderazgo

Yo no quería ser líder. Estaba feliz haciendo mi trabajo individual a las mil maravillas y entregando antes de la fecha límite proyectos de alta calidad que superaban las expectativas de mis jefes.

Pero me promocionaron y me convertí en la Directora Editorial de las Américas en BabyCenter. Tenía que llevar los equipos de tres países y participar en reuniones ejecutivas donde se trazaba la estrategia de la compañía.

Poco después de recibir mi promoción, la compañía reestructuró el espacio que compartía con el resto del equipo internacional. Todos mis colegas, con los que me llevaba muy bien, acabaron dispersados en otras áreas de la oficina, en grupos de trabajo que se ocupaban de proyectos similares a los suyos. Tenía sentido desde el punto de vista del negocio, pero fue un golpe emocional.

En pocas semanas pasé de sentirme como una experta a sentirme aislada, asustada y… bueno, reacia a liderar.

Ya había llevado un equipo durante cuatro años en esta misma compañía, y a muchos contratistas durante los diez años anteriores. Pero ahora me iba a enfrentar a unos niveles de responsabilidad, expectativas y visibilidad mucho mayores.

Estos son algunos de los miedos que me invadieron:

  • Diré una tontería en una reunión ejecutiva y todo el mundo se dará cuenta de que soy una impostora y he llegado a este nivel por pura churra.
  • Como estaré guiando a gente, y no haciendo cosas, nadie se dará cuenta de qué diablos hago ni valorará mi trabajo.
  • La gente de mi equipo me odiará si les hago críticas negativas.
  • Mis empleados saben más que yo. No tengo nada que ofrecerles.
  • ¡Están locos! ¡No puedo hacer tantas cosas a la vez!

 

Crisis nerviosa

Pasé muchas noches en vela tratando de adaptarme a mi nuevo papel y situación pero entré en crisis durante un viaje de negocios a Sudáfrica. Estaba allí con cinco colegas. Tres eran mis superiores y las otras dos eran Directoras Editoriales como yo.

No me encontraba bien. Me sentía exhausta por el largo viaje, tenía un insomnio galopante y me solía mucho el hombro derecho.

Una noche después de cenar, empezamos a hablar de una de mis empleadas. Mis jefas no estaban del todo contentas con su desempeño. Me enojé muchísimo. Yo veía a mis empleados como una familia adoptiva, y no soportaba que “atacaran” a uno de ellos. (Aprendí más adelante que mantener una distancia profesional y ofrecer una crítica honesta son herramientas esenciales para ayudar a la gente a crecer, pero en ese momento aún no lo tenía asumido.)

El estrés de los últimos meses, los problemas físicos que me aquejaban, y el errado instinto protector que me abrumaba se combinaron y formaron una bomba. Respondí a cajas destempladas y luego me eché a llorar.

Ay. Horror.

¿Sabes esas películas románticas en las que la mujer se levanta de la mesa de un restaurante de lujo y sale corriendo, sollozando, mientras su novio la mira con la boca abierta?

Eso fue exactamente lo que pasó. Solo que no dejé a mi novio atónito en la mesa, sino a las personas que iban a juzgar mi trabajo a final del año.

Quisiera poder decir que esta fue la última vez que perdí el control, pero no puedo. La misma escena se repitió la mañana siguiente durante el desayuno. Simplemente no conseguía dejar de llorar.

Estaba hecha un desastre.

No soy tu madre

Afortunadamente, la gente que me rodeaba esa semana me apoyó de pleno. Una de esas personas, Anna McGrail, me dijo algo que jamás he olvidado:

“Isidra, cuando empecé a enseñar, el director de la escuela me dio un muy buen consejo. Recuerda esto: No has de ser su madre. Solo has de ser una profesora excelente. Esta es la misma situación. No has de ser su madre. Solo has de ser una líder excelente.”

Durante las 11 horas de vuelo de vuelta hasta mi primera escala, tuve una explosión de ideas para avanzar los objetivos de mi equipo y de la compañía. No me motivaba el miedo a que me despidieran. Al contrario, me inspiraba la valentía de olvidar mis miedos y volcarme en mi papel de líder.

Escribí varias páginas, desde objetivos amplios hasta los pequeños pasos necesarios para cumplirlos. Estas notas escritas a mano guiaron la estrategia de mi equipo durante varios meses. Fue un momento de agudeza mental facilitado por el coraje de atacar con todo mi ser la crisis que me incapacitaba y superarla.

Tu desarrollo o tu vida

De vuelta a los Estados Unidos, mi jefa me ofreció unas sesiones de entrenamiento con una experta en desarrollo profesional, Karen Jacques, de Work Spark Consulting.

Karen me dio el segundo consejo que de veras me ayudó a aceptar el liderazgo.

Como siempre sucede cuando pasas por una transición que implica grandes cambios, tenía muchas dudas y momentos bajos. A veces me preguntaba si valía la pena esforzarme tanto en aprender un papel que ni siquiera sabía si quería desempeñar. ¡Ser una líder corporativa no había sido nunca mi ideal!

Pero Karen me dijo: “Todos los retos que estás experimentando aquí en el trabajo, son exactamente los mismos retos que experimentas afuera, en tu vida diaria. Y todo lo que estás aprendiendo ahora para ser un mejor líder, te ayudará a tener mejores relaciones con tu familia y amigos, y mejores resultados en general.”

Tenía razón.

Por poner un ejemplo, yo siempre había odiado los conflictos, así que tenía la tendencia de dejar problemas sin resolver, simplemente para evitar la conversación con un empleado o un colega. Eso solo hacía que el problema se agrandara. Lo mismo hacía en casa. Cuando aprendí que es mejor enfrentar un problema de trabajo en el momento mismo en que surge, de manera honesta y respetuosa, también aprendí a hacer lo mismo en mi vida personal.

No puedes separar el desarrollo personal en compartimentos aislados, especialmente cuando eres un líder, porque estás aprendiendo a llevar bien relaciones personales, no solamente a dominar ciertas habilidades técnicas.

¿Y quién no quiere tener una vida mejor y ser una mejor persona? Después de todo, los trabajos vienen y van, pero tú te tienes que aguantar a ti mismo hasta el fin de tus días —así como a tus fallos, tu miedo y tus inseguridades. Trabajar duro para ser una líder estupenda no solo iba a beneficiar a la compañía y a mi equipo, sino que también me iba a beneficiar a mí.

¿Fui una líder perfecta? Claro que no. Pero me gané a pulso el respeto de mis colegas, sobrepasé los objetivos de la compañía y recibí siempre excelentes evaluaciones de mi trabajo. Y lo más importante es que tuve el valor de seguir luchando por mi crecimiento personal. Este valor me ayuda mucho ahora que estoy lanzando mi propio negocio, pero es una batalla sin fin. Cada día trabajo para mantenerme motivada y para aprender algo más que me ayude a mejorar.

¿Y que pasó con los miedos que me invadieron cuando me promovieron? Cada uno de ellos estaba relacionado con retos en mi propia vida. Pero la historia de cómo los superé la dejo para otro post.

 

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