Escritor, escritora y escritura

Tres enemigos de un escritor (1): Carencia de distancia emocional

Aunque siempre quise ser escritora, no escribí mucho durante mi juventud, pero pasé horas leyendo y releyendo las pocas páginas que tenía. Me maravillaban su ritmo, sus evocadoras imágenes, su profundidad emocional. Caminaba por nuestra sala de estar leyéndolas en voz alta una y otra vez. Casi me las aprendí de memoria.

Incluso hoy, décadas después, cuando me topo con uno de mis viejos escritos enterrado en una caja, las palabras me resultan tan familiares como mis canciones favoritas.

Hace poco reconocí mi antigua costumbre en estas líneas de Annie Dillard, de su libro The Writing Life:

“Hay varias ilusiones que debilitan la determinación del escritor de desechar trabajo. Si ha leído las páginas con demasiada frecuencia, habrán adquirida esa calidad de algo necesario e inevitable, como un poema que se ha aprendido de memoria; tendrán un ritmo familiar que le parecerá perfecto.”

 

Enemigo 1: Carencia de distancia emocional

Como escritora incipiente, después de leer con tanta frecuencia las piezas que escribía, me resultaba difícil aceptar críticas o hacer revisiones. Mis cuentos me parecían perfectos cuando los leía en voz alta, como un poema que te has aprendido de memoria en la infancia.

Esta resistencia a reescribir me cortó las alas. Cuando alguien leía mis historias y les ponía objeciones, en lugar de creer que necesitaban más trabajo y empezar a hacerlo, las metía en un cajón. Así nadie las iba a leer —o a criticar— otra vez.

El mes pasado le mandé a una amiga un ensayo personal para que me diera su opinión. Entonces me di cuenta de qué lejos estoy de aquella joven escritora.

Ella me sugirió, entre otras cosas, que cortara varios párrafos. Esos párrafos me encantaban. Estaban bien escritos y eran interesantes. Pero, en su opinión, distraían al lector del argumento principal. De hecho, podían ser las semillas de otras historias que escribiera en un futuro.

Después de pensarlo un poco, seguí su consejo. Me di cuenta en seguida de que tenía razón. Al cortar esas líneas, la pieza había mejorado. Me sentí muy agradecida de tener a alguien que me ayudara a reforzar la historia, haciéndola más compacta e intensa.

He adquirido la distancia emocional que todo escritor necesita para que sus obras sean lo mejor posible.

Ahora sigo leyendo en voz alta mis historias, pero no en exceso, y no hasta que he terminado su escritura. No quiero que se conviertan en fósiles, acumulando polvo en un cajón. Quiero que sean seres vivos que respiran y cambian. Sé que solo una metamorfosis lenta les ayudará a llegar a su punto máximo. Como dice John Kenneth Galbraith:

“No añado la espontaneidad que tanto les gusta a mis críticos, hasta que voy por el quinto borrador.”

Conoce el enemigo número 2 de cualquier escritor: “No tengo tiempo para escribir”.

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